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SEXTA HORA.

mayo 3, 2011

No bien hubimos terminado la clase,

Alejandro se levantó de su asiento,

se asomó a la ventana

y contempló el crepúsculo que

soberbio,

inundó sus ojos

robándole los sueños.

Un sordo grito

obsceno y sin sentido

sacudio con estridencia sus oídos:

“¡Deja ya de perder el tiempo

(gruñó el insolente)

y ayuda a recoger papeles!”

Con moreno gesto desafió el grito pendenciero.

Iba a contestar el improperio,

y sin embargo,

encogió los hombros que en alas se convirtieron

y raudo alzó el vuelo

dispuesto a alcanzar el sol

que se extinguía…

                                          M. Leyva (2011)

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